Lima, sinceramente

Por Adela Escardó

 

Hablemos con la verdad. Lima, ciudad diferente que cautiva al turista no tan solo por su gastronomía sino por sus puntos de fuerza entre diversos tiempos y culturas. Conviven allí sincretismos que la definen; esta ciudad que albergó asientos importantes pre incas, fue también capital del virreinato más poderoso de España, y hoy testimonia fusiones tirantes de modernidad y pobreza. No obstante lo cual su gente es amable con el extranjero como en ningún otro lugar. Lima se ofrece sin retoques en el estado en que se encuentra: al natural.

Se ha escrito mucho sobre esta Lima caótica, donde no se respetan necesariamente sus instituciones, de enorme desigualdad social, por partes despintada y en constante construcción. Lima es así. Desde el limeño de a pie, hasta el que da la sensación de estar muy por encima del suelo, suelen ostentar una habilidad especial para escuchar y ser afables, tal vez secuela de ese Perú varias veces subyugado y resurgido. Limaq, antiguo nombre que se desliza de una similitud fonética con su río El Rímac que quiere decir “río hablador”, se presenta como un espacio para conocedores. Con un tráfico impulsivo, se sostiene a pesar de una planificación prácticamente indómita. Esta urbe  ubicada en la costa central del país, concentra a unos ocho millones de peruanos, un treinta por ciento de la población nacional. Asentada en una faja desértica ingrata, remite a una anécdota difícilmente olvidable. Se cuenta que en los tiempos del conquistador Francisco Pizarro, los entonces habitantes del Perú, le aconsejaron instalar la capital en la actual zona de Lima, cosa que fue más en son de venganza que de otra cosa.   

A pesar de lo cual a los apasionados de Lima su originalidad para existir nos encanta. Su clima sumamente benigno permite que cuatro trapos en la maleta basten para una estancia como debe ser. Dotarse de un sentido agudo del gusto es un requerimiento, por supuesto. Venir a Lima a comer no solo está de moda. No bien nos metemos en los cebiches (riquísimos, de pescado y mariscos, de conchas negras, la variedad no acaba), los pisco sours, los postres de cuchara, los postres de dedo, los pescados hechos al vapor, a la chorrillana, los encebollados, los anticuchos y sus ajíes (favorito de los antiguos peruanos ), los picarones y el chifa (como se conocen los restaurantes y la comida china en el  Perú, acertadísimo cruce de comida cantonesa con peruana, viva desde hace casi 170 años ), las cervezas artesanales, los arroces, las yucas, los vinos del sur del país, ayayayyy! … nos absorbe un conjunto que nos atrapa. Comidas regionales, con frutas exóticas como mangos, lúcumas, granadillas, y chirimoyas para qué te quiero. Sigo. Me encuentro hablando como nos prohibieron: con la boca llena. Comer en Lima resume episodios de historia en un bocado. Que tradiciones precolombinas, que la colonia, la migración china, africana, italiana, las amalgamas son incontables. Para el curioso que perezca y se enamore de nosotros, que se deje llevar y descubra la pachamanca, verdadera fiesta de raíces pre incas. Eso de cavar un hueco en la tierra y convertirlo en horno para luego ir rellenándolo de piedras calientes que abriguen y cuezan todo tipo de carnes, verduras y hierbas aromáticas, obliga a los participantes a esperar y conocerse. Hable o espere bailando, entierre los pies— comparta el único vaso—séquelo en el piso de tierra—tómese sus buenas tres horas a que la pachamanca se entregue, ora en son folklórico ora en  reguetón,  el calor irá haciendo lo suyo. El ritual se guarda para ocasiones especiales en los andes peruanos, aunque es posible encontrar en las afueras de Lima una buena pachamanca.

Pero claro, no se puede comer durante todo el día. Será preciso salpicar la estancia de visitas a las Huacas o centros de adoración de culturas preincas, un par de museos (el primero sería el Museo Larco de Antropología), y un cititour que le recorra el centro histórico, Barranco, el puerto del Callao y La Punta, y si la curiosidad arrecia y el tiempo es generoso, una vuelta por los barrios periféricos o polos de desarrollo de migrantes del norte, centro y sur del país, y habrá cuajado una visión de conjunto de esta metrópolis tan cargada de particularidades.

Se escucha por ahí que Lima se encuentra de espaldas al Pacífico. Cierto es que bulle a 100 metros sobre el nivel del mar y ha crecido “hacia adentro”. Otro paseo podría mostrar la llamada Costa Verde que recuerda a varios abusimbeles entre verdes y grises sentados majestuosamente de cara al océano. Y ese clima extraño producto de la fría corriente de Humboldt y la pared creada por los Andes permite un invierno sumamente húmedo, ligerísimas lloviznas, y una enorme nata de nubes que nos quitan luminosidad el invierno entero. Felizmente pasado éste se instala la temporada de verano de Enero a Marzo. Entonces la ciudad se recupera: los ánimos, las risas, sudores y picores resurgen y el público fluye entusiasta a las playas cercanas.

Imagino que si vienen, es este panorama criollo el que los espera, y sea cual sea el tamaño de su bolsillo (el que ciertamente deberán cuidar atentamente ), la pueden pasar rebien.